En una ciudad acostumbrada a mirar hacia otro lado, comienzan a aparecer muertes sin violencia aparente y sin errores visibles. Todo es limpio, exacto, silencioso.
La investigación avanza, pero cuanto más se profundiza, más claro resulta que no se persigue a alguien impulsivo, sino a una voluntad fría, metódica y convencida de estar haciendo lo correcto.
No hay caos. Hay orden. Y eso es lo verdaderamente inquietante.
Porque cuando el mal no grita, cuando no deja huellas y cuando la ciudad aprende a callar, el peligro deja de ser excepcional y se convierte en rutina.