Nací en medio de una tormenta. Eran las veintiún horas y cinco minutos de la noche del 27 de septiembre de 1956, y el cielo rugía sobre un pequeño pueblo rural en El Salvador. Rayos rasgaban las nubes, el viento doblaba los árboles, y bajo la luz temblorosa de un candil de gas, mi madre me trajo al mundo.
Era el séptimo hijo, el sexto varón. Dicen que lloré solo una vez ?fuerte y breve? y luego me dormí plácidamente en los brazos de mi madre. Quizás ya intuía que la vida fuera del vientre sería un viaje largo, y que el descanso sería un lujo escaso.
Crecí en San Luis Talpa, un pueblo hecho de adobe y sudor.
No había electricidad.
No había agua potable.
No había calles pavimentadas.
Solo polvo, maíz, gallos y el río Comalapa, donde nos bañábamos, jugábamos y aprendíamos el ritmo de la supervivencia.
Vivimos días de hambre y noches de esperanza.
Juegos sin juguetes.
Lecciones escritas con callos.
Risas a la luz de las velas.
Disciplina con vara o con mirada.
Pero en todo ?en el dolor, en la belleza, en el polvo? supe quién era.
Aprendí lo que significa ser pobre pero no vencido,
hambriento, pero no vacío,
cansado, pero aún caminando.
Esto no es solo una historia.
Es mi viaje, contado en fragmentos y memorias.
Un camino que va de la infancia descalza a la capital, de la pobreza rural a las aulas universitarias, de la guerra al exilio, de El Salvador a Estados Unidos ? siempre con la patria a cuestas.
Bienvenido a mi Historia.