El samurái cobraba una nómina.
Un ingreso fijo, pagado tres veces al año en sacos de grano, del que tenían que salir la comida, la ropa, los criados que el rango le obligaba a mantener y dos espadas que no podía vender sin dejar de ser quien era. El día de cobro hacía cola delante de un almacén. Y el orden de la cola se echaba a suertes.
Este libro cuenta a ese hombre.
Al que heredó el puesto de su padre con el horario incluido. Al que firmaba papeles en una oficina mientras en su casa se hacían números para ver de qué muebles se deshacían. Y al hombre que le debía dinero a un prestamista al que el orden social le obligaba a mirar por encima del hombro.
Y cuenta quién fabricó al otro, al del cine. El libro que metió el código del guerrero japonés en la cabeza de medio mundo se escribió en inglés, en una casa de Pensilvania, y tardó ocho años en traducirse al japonés. El manual más citado de todos era un texto secreto que mandaba quemarse y que casi nadie había leído. Y aquel permiso para matar a un plebeyo, que todo el mundo da por hecho, dejó once casos documentados en noventa años en un dominio entero.
Dos siglos y medio de hombres armados sin guerra que hacer, con un estatus altísimo y el bolsillo cada año más vacío.
Hasta que un gobierno les cambió el estipendio por un papel del Estado, les prohibió el sable y les dio las gracias.